jueves, 7 de septiembre de 2017

El Capitán Giovanni Merello

A Juan Pedro

Se distinguía entre la bruma, en ese frío crepúsculo de invierno, la estoica torre románica de Saint-Germain-des-Prés. Un paréntesis en mis actividades me llevó hasta allí desde mi apartamento esquinado de la rue de Saints-Pères y la rue de Sèvres. En la plaza, los turistas  entraban y salían del templo o de Louis Vuitton. Otros simplemente  hacían tertulia, viendo cómo transcurre la vida en la Rive gauche, en tanto el sincopado contrapunto de la banda de jazz llegaba a la boca de la estación Saint-Germain y más allá del boulevard. Adentro de la iglesia, la misa había terminado y el P. Domínguez iría a salir de un momento a otro para encontrarse conmigo.

El anuncio de la exposición de obras de Botero  aparecido en Pariscope de ese mes de junio de 1985 me permitió conocerle. Allí, entre la estética adiposa de su compatriota, unas rápidas palabras intercambiadas con el sacerdote no hicieron más que confirmar lo que me había referido tiempo atrás Bertholle. La inesperada existencia de una obra  firmada por un tal Abbé Mazzini, salida de la imprenta en tiempos de Dom Mabillon, cuando la abadía de Saint-Germain-des-Près era aún floreciente. Luego escuché que Mazzini se decidió a publicar ese tratado por exhorto del propio autor de De re diplomatica con quien mantenía amistosa relación epistolar, compartiendo la pasión por los métodos de análisis de la historia y la patrística.

Es sabido que al compás de las inflamadas estrofas de Rouget de Lisle los revolucionarios expropiaron, vandalizaron y transformaron en despojo la mayoría de los monasterios de la Orden benedictina, por no hablar de las otras (1). A la furia y al odio de esos hombres, y luego al fuego de agosto de 1794 que acabó con la biblioteca de la abadía agonizante, sobrevivió felizmente, tanto la obra de Dom Mabillon como la iglesia abacial, devenida hoy uno de los más antiguos edificios de Paris. El P. Domínguez, tras atender a unas jóvenes que naturalmente,  supe que eran argentinas y por el acento, entrerrianas, me recibió luego, tras lo cual cruzamos hasta Les Deux Magots. Enseguida, un café humeante se interpuso a sus comentarios sobre el volumen del que me había referido en la Maison de l’Amérique Latine, durante la vernissage, y al mismo libro que me entregaba. “Téngalo”, me dijo. “Léalo tranquilo, y después me lo devuelve”.

Naturalmente, mis manos se apresuraron a hojearlo. Se presentaba como una re-edición de 1887 en formato In-8 (Paris, Aux Presses de la Source, 297 páginas) de la obra firmada por el Abbé Pierre Mazzini La Croisade de 1096-1099. Expédition de Gênes à Antioche et Prise de la Ville – D’après un Palimpseste Anonyme. Se consigna allí que la editio princeps vio la luz avec le Privilège du Roi en 1703. 

Confieso que había cansado las páginas del opúsculo del marqués Girolamo Serra La Storia de l’Antica Liguria e di Genova (Capolago, Cantone Ticino, Tipografía Elvetica, MDCCCXXXV) sin éxito alguno; que había examinado otros muchos en la búsqueda de la bitácora del lejano antepasado zoagliense, de quien no tenía más que información fragmentaria, y no hice otra cosa que acumular frustración. Finalmente, ahora tenía ante mí si no la fuente primaria, la fuente secundaria que echaría luz definitiva a mi investigación. Era mi eureka o más bien mi “tierra a la vista”, acaso imbuido, precisamente, de la misma emoción que tuvo Rodrigo de Triana al contemplar una de las islas Lucayas.

Embarcación genovesa.

Ya de vuelta en casa,  me preparé una taza de té. La noche tenía el filo de una daga. Me sumergí en el libro  y en las aguas en donde transcurre cuanto allí se describe; por cierto, el té lo tomé frío y los trenes de la línea 10 no trepidaron más en los cristales de mi habitación oval, ubicada exactamente sobre la antigua estación Croix-Rouge. La obra reproducía y comentaba un texto anónimo del siglo XII que sin pretensión llevaba por título De Bellis Antiochiae. Mazzini subrayó escrupulosamente que el tratado se basaba en ese documento del que hasta donde yo sé, no se conservan ni el original ni una copia siquiera, y que sus palabras no hacen sino comentarlo en forma de glosa.

Su relato se instala en los tiempos tumultuosos bajo el papado de Urbano II, cuando los turcos selyúcidas se enfrentaban sin descanso a Alejo I Comneno emperador de Bizancio; cuando las aguas del antiguo Mare Nostrum debían ser forzosamente compartidas como un bien común; cuando el hambre, la peste y el caos hacían de Europa un universo desolador. Así, al grito de Deus vult proclamado por Pierre l’Hermite se movilizó todo un continente por mar y tierra a fin de liberar la Tierra Santa. Y por mar, los cruzados partieron desde Génova, la Serenísima República, de donde zarpó en julio de 1097 con rumbo a Antioquía una flota de doce galeras, al frente de la cual navegaba el Capitán Giovanni Merello, oriundo del pequeño y antiguo enclave pre-romano de Zoagli. Un ejército de mil doscientos soldados liderados por Guglielmo Umbriaco asimismo estuvo en servicio y fueron decisivos durante el asedio a Antioquía en 1098.

La obra original, después constaté que proviene de un diario de viaje. La misma da cuenta, en forma de crónica, del exitoso trabajo del Capitán, bajo el flamear de la insignia de San Jorge, apoyando por mar a las tropas que se enfrentaban al gobernador Yaghi-Siyan. Mantuvo a los remeros, dice, a la tripulación, y al resto de los cruzados “con el espíritu templado ante la misión sobrenatural de recuperar las Santos Lugares que por inescrutable y justa razón son patrimonio espiritual de la Santa Madre Iglesia y de sus hijos diseminados por toda la faz de la Tierra” (sic). Y agrega en otra página: “el capitán conocedor de su oficio de navegante, aceleró las acciones a efectos de no ceder un palmo al usurpador infiel”. Valerosos hombres, sin duda, condujo el capitán, “en esa intervención genovesa de gesta militar tan señalada”. Finalmente, la ciudad fue tomada el 3 de junio de 1098, y Génova precipitó el surgimiento del Principado de Antioquía.

El relato de Mazzini finalmente confirma lo que en otras fuentes tiempo después pude corroborar: que a su vuelta a la Serenísima, el cruzado Merello, Soldado de Dios, llevó consigo desde Mira, en Licia, las reliquias del mismísimo san Juan el Bautista, las que hoy se pueden venerar en la iglesia de San Martino de Zoagli .

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La historia chica de las grandes historias entraña profundos misterios. Un día, en un bistrot frente al Sena, no lejos del Pont des Arts, lo hablábamos con Bertholle. A la semana siguiente, me interesó conocer  la razón y circunstancias que llevaron al P. Domínguez a adquirir un libro tan peculiar, cuando fui a reintegrárselo. “Lo encontré entre las ofertas de un bouquiniste del Quai du Louvre, y siendo que el tema de las Cruzadas siempre me cautivó, lo adquirí en el momento”, fue su respuesta. Así, las conversaciones con mi amigo, el ejemplar de Pariscope, Botero, el rendez vous con el sacerdote, me conectaron desde una lectura ávida de viernes por la noche, con los pormenores de una hazaña marítima que en cierto modo, me involucraba. El primer narrador, el del siglo XII, era hermano de un monje de la Abadía de Bobbio. Y formaba parte de la tripulación de la nave comandada por el propio Capitán. Probablemente si no hubiera pasado por allí el abate Pietro Mazzini por alguna razón desconocida, y no se hubiere llevado el manuscrito para su estudio, habida cuenta de su rareza, el libro y estas constataciones, nunca hubieran existido: Un siglo después a su primera edición las tropas francesas ocuparon el lugar y los benedictinos fueron expulsados del monasterio.

De esta manera, se observa a lo largo de la peripecia humana, cómo pequeñas decisiones parecen llevar a grandes hechos, e incluso que otros insignificantes o que no revisten en apariencia mayor notoriedad, en un plano diferente determinan una sucesión infinita de sucesos. Lo que de alguna forma podría configurarse en un diagrama de secuencia: un conjunto de objetos  -y yo agregaría de sujetos-  que interactúan a lo largo del tiempo, y esto sin solución de continuidad. Podría aquí uno preguntarse cómo hubiera sido el día después, si en la víspera la daga de Marco Junio Bruto no hubiera encontrado a Cesar en el teatro de Pompeyo; qué hubiera sido para el Nuevo Mundo si Mehmed II no hubiera entrado a Constantinopla en 1453; si Napoleón se hubiera decidido a avanzar donde Wellington y su ejército esa mañana del 18 de junio de 1815, a pesar de la lluvia de la noche anterior; si Aparicio Saravia y su poncho blanco no hubieran salido a recorrer el frente de fuego aquél fatídico día de Masoller, en esa guerra doméstica que empero -y como todas las guerras-, tanto dolor sembró entre los orientales; o si el 12 de octubre de 1940 el Führer no hubiera abortado la Operación León Marino proyectada sobre Gran Bretaña. La sucesión cambiante de los hechos de la naturaleza habían movido a Crátilo hacia fines del siglo V antes de Cristo a reflexionar sobre la idea de Heráclito de que no es posible bañarse dos veces en el mismo río, pues entre las dos, el río y el cuerpo se han alterado, una dialéctica que engendraba un relativismo fatal. Pero Crátilo fue aún  más lejos, sosteniendo que no es posible hacerlo ni siquiera una vez, porque el mundo está en constante cambio, y entonces también el río. Los cambios pequeños en realidad cambian el equilibrio de las cosas, y el destino último del universo tal como lo conocemos.

Por tanto, si Giuseppe Merello, nacido en Zoagli circa 1837 y proveniente de esa brava estirpe venida de los tiempos de Giovanni y luego protegida por la influyente familia Negrone, no se hubiera resuelto como otros tantos paisanos cansados de miseria e infortunio, en atravesar el océano para instalarse en una perdida ciudad del litoral uruguayo llamada Paysandú, sin duda alguna, hoy yo no estaría aquí sentado, desandando su marcha. No estaría aquí tomando estas apresuradas notas, a la altura de la estación Denfer-Rochereau, mientras descubro en el reflejo de la ventanilla que la chica de ojos almendrados me mira con insistencia, no sé si a mí o a mi sombrero de ala, que reconozco puede resultar bastante vintage.


                                                                         Château de Clairembault, agosto de 2017.




(1) Tal vez no sea redundante recordar que los católicos franceses aceptan los hechos acaecidos a partir de 1789 como un castigo divino por haberse revelado el Rey a consagrar la nación gala al Sagrado Corazón, según la revelación privada de santa Margueritte-Marie de 1689. También aquí viene al caso mencionar la demanda de Fátima de 1917 que no se habría cumplido, etcétera. Para más datos, consultar verbigracia el fascículo de La Sel de la Terre Nº 53, Couvent de la Haye-des-Bonshommes, dir. Geoffroy de Kergorlay, Été de 2005, Avrillé, p. 4.

sábado, 20 de mayo de 2017

Fontfroide, abbaye chantante

Il existe dans l’Aude, tout près de Narbonne, un ensemble monastique extraordinaire, datant du xiie siècle. C’est l’abbaye de Fontfroide, un couvent cistercien miraculeusement conservé auquel chaque année et depuis 30 ans, le Chœur grégorien de Paris (CGP) y séjourne pour chanter l’office complet de la Semaine Sainte. Cet anniversaire est l’occasion de consacrer quelques lignes à cet ensemble monastique et à sa profonde signification pour nous tous…

Entourée d’une nature surprenante, dans les collines, la verdure et les vignobles, l’abbaye de Fontfroide est un endroit véritablement privilégié. Sa vallée, empreinte de sérénité, sous un ciel bleu plein de lumière, conduit les âmes à s’exprimer comme saint Bernard : O beata solitudo, o sola beatitudo ! Son histoire est vaste et pleine de contrastes (1). Bénéficiant d’une autorisation du vicomte Aymeric II de Narbonne de s’établir en ses domaines, vers 1093, le premier monastère a été fondé dans le massif de Fontfroide. Comme partout, ses moines suivaient la Règle des moines de saint Benoît de Nursie. Peu après ils s’affilient à l’ordre Cîteaux, dans la lignée de Clairvaux. Une extrême austérité, une observance rigoureuse de l’esprit de la Règle, caractéristiques chez les cisterciens, semblent encore présentes dans les différents espaces du lieu. 

Ainsi, l’imposante abbatiale de 20 m de haut est le témoignage d’une recherche d’un dépouillement total,  presque sans aucun ornement, typique de l’art cistercien. Tout aussi magnifique est le cloître, avec ses arcatures, ses oculi et ses colonnettes ornés de beaux chapiteaux à décor de feuillages. Donnant sur le cloître, selon le plan classique des monastères de l’époque, se trouve la salle capitulaire, d’une belle simplicité. C’était l’endroit où l’on priait, où on lisait les différents chapitres de la Règle de saint Benoît – un par jour, d’où le nom qui désigne le lieu – et pour écouter la parole du père abbé.

Vue d'ensemble de l'abbatial depuis le roseraie.


Fontfroide a eu des grands abbés, parmi eux Jacques Fournier (ca. 1280-1342) devenu Benoît XII, pape à Avignon pendant une époque difficile dans la vie de l’Église.  Puis, en 1476, commence l’époque de la commende, un système par lequel on sécularise la dignité et les fonctions des abbés, désormais non plus des religieux issu de l’Ordre et élus par les moines, mais nommés par le pape,  puis par le roi lui-même. Le monastère témoigne du goût de ses occupants pour l’art et de leur intérêt aménager les bâtiments, jusqu’à la fin de ce régime de la commende, vers le milieu du xviiie siècle ; on leur doit le porche d’entrée de l’abbaye, dans la cour d’honneur, la cour dite « Louis XIV » et les travaux dans l’ancien réfectoire. Après de la Révolution et la mise en vente comme bien national, il faut attendre jusqu’à 1858 pour retrouver une vie monastique sur place, quand s’installent les moines « cisterciens de l’Immaculée Conception » venus dans ce lieu pour faire renaître l’esprit des anciens habitants, l’ora et labora, la prière et le travail. On se souvient encore du Père Jean, le dernier abbé, mort en odeur de sainteté en 1895, dont la cause de béatification est actuellement en cours à Rome. Peu après, les lois anticléricales obligent aux moines à quitter Fontfroide, en date du 1er octobre 1901. 

Le monastère devient alors pour quelques décennies la propriété de particuliers qui apportent peu de soin au domaine, délaissé et à l’abandon, jusqu’au jour de la saint Grégoire de 1906,  où le célèbre pianiste espagnol Ricardo Viñes et quelques amis découvrent l’abbaye de Fontfroide. Cette visite est le point de départ d’une période de renaissance dans laquelle un couple issu de vieilles familles languedociennes s’engage pour sauver, restaurer et faire à nouveau de Fontfroide un centre de rayonnement pour la culture et l’esprit. C’est en effet en 1908 que Gustave Fayet et son épouse Madeleine d’Andoque de Sériège font l’acquisition de l’abbaye et de ses dépendances, et très vite Fontfroide va devenir un foyer d’artistes, de musiciens, de peintres et d’écrivains prestigieux. De nos jours, des concerts de musique de chambre, de « master classes » de violoncelle, des enregis-trements de chant grégorien se succèdent dans cette surprenante abbatiale (la nef offre 11 secondes de résonance !).

Le CGP dans le cloître de Fontfroide.


Mais dans l’esprit de ce lieu, le CGP a l’immense privilège de pouvoir chanter sur place l’intégralité des offices de la Semaine Sainte en grégorien (2), avant de donner un concert le jour de Pâques. C’est plus qu’un événement artistique. Le CGP vise donc à rétablir une tradition : chaque membre du Chœur peut ainsi prier en grégorien le cycle liturgique de la journée, au sein d’une vraie communauté, dans un endroit unique. Et l’abbaye de Fontfroide peut retrouver les sonorités de siècles de louange divine  cachées dans le silence. La louange divine pour laquelle cette cité monastique a été bâtie, des profondeurs de la fontaine d’eau froide qui lui donne son nom jusqu’à l’éclat de la Croix qui brille dans le soleil au sommet de la montagne qui surplombe l’abbaye.

                                                                                    Enrique Merello-Guilleminot




(1) Cf. N. d’ANDOQUE & A. MECLE, L’ancienne abbaye cistercienne de Fontfroide, Moisenay : Éditions Gaud, 1996.
(2) Cette année et pour la première fois, la Semaine Sainte s’est déroulée pour le CGP en deux endroits différents de la France : à Fontfroide, et dans la Manche, à l’abbaye de La Lucerne et à Granville